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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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II Trimestre de 2008 
Jesús es maravilloso 

Notas de Elena G. de White 

Lección 7 

10 al 17 de Mayo de 2008 

El enigma de su conducta 



Sábado 10 de mayo 

En la vida futura se aclararán los misterios que aquí nos han preocupado y chasquea- 
do. Veremos que las oraciones que nos parecían desatendidas y las esperanzas de- 
fraudadas figuraron entre nuestras mayores bendiciones. 

No hemos avanzado lo suficiente en nuestras conquistas espirituales como para com- 
prender los misterios de Dios. Pero cuando formemos parte de la familia del Señor, nos 
serán aclarados... 

Muchos de los asuntos acerca de los cuales ahora Dios guarda silencio... nos serán re- 
velados entonces. Los procedimientos de la Providencia serán aclarados; los misterios 
de la gracia otorgada mediante Cristo serán manifestados. Lo que ahora la mente no 
puede captar, lo que resulta difícil de entender, será explicado. Veremos orden en lo 
que nos parecía inexplicable; sabiduría en todo cuanto no s fue negado; bondad y mi- 
sericordia en todo lo que se nos dio. La verdad será revelada a la mente, libre de oscu- 
ridad, de un solo trazo, y su brillo será permanente. El corazón cantará de gozo. Los 
conflictos habrán terminado para siempre, y se habrán solucionado todas las dificulta- 



Todo lo que nos dejó perplejos en las providencias de Dios quedará aclarado en el 
mundo venidero. Las cosas difíciles de entender hallarán entonces su explicación. Los 
misterios de la gracia nos serán revelados. Donde nuestras mentes finitas discernían 
solamente confusión y promesas quebrantadas, veremos las más perfecta y hermosa 
armonía. Sabremos que el amor infinito ordenó los incidentes que nos parecieron más 
penosos. A medida que comprendamos el tierno cuidado de Aquel que hace que todas 
las cosas obren conjuntamente para nuestro bien, nos regocijaremos con gozo inefable 
y rebosante de gloria (¡Maranata: El Señor viene!, p. 319). 



Domingo 11 de mayo 
¡Abandonar a los padres! 

IVIientras los padres de Cristo lo buscaban, vieron un gran número de personas que se 
dirigían al templo, y cuando ellos también entraron, una voz bien conocida llamó su 
atención. La multitud les impedía verlo, pero sabían que no se equivocaban pues nin- 
guna otra voz poseía tal melodía y solemnidad. Con gran asombro presenciaron la es- 



cena: su hijo, en medio de los grandes y educados doctores y escribas, dándoles evi- 
dencia de un conocimiento superior por las preguntas que hacía y las respuestas que 
daba. Aunque sus padres se sintieron gratificados por verlo así honrado, su madre no 
podía olvidar la ansiedad y preocupación que habían sufrido por su decisión de quedar- 
se en Jerusalén y lo reprochó por haberlos tratado de esa manera. 

"¿Por qué me buscabais? -les respondió Jesús- ¿No sabíais que en los negocios de 
mi Padre me es necesario estar?" Su pregunta deseaba hacerles ver que mientras ellos 
no habían cumplido con su deber pues no deberían haber dejado Jerusalén sin ubicar- 
lo, él estaba dedicado a hacer la obra de su Padre. María sabía que él no se estaba re- 
firiendo a José, su padre terrenal, sino a su Padre celestial, y conservó estas cosas en 
su corazón. 

Al dejar Jerusalén en medio de una multitud, José y IVIaría se habían entretenido con- 
versando con amigos y se olvidaron de su hijo por todo un día; recién al atardecer se 
dieron cuenta de su ausencia. Aquellos que habían sido honrados por Dios de una ma- 
nera especial al confiarles al Salvador; que habían escuchado a los pastores referirles 
la aparición de los ángeles; que habían recibido por revelación las órdenes especiales 
para preservar la vida del niño, habían descuidado su sagrada tarea en medio de tanta 
conversación y entretenimiento, y no habían pensado en Jesús durante todo un día 
cuando no debían haberlo olvidado ni siquiera por un momento. Tristes, cansados y 
temerosos regresaron a Jerusalén recordando la terrible masacre de niños inocentes 
que el cruel Heredes había ordenado con la esperanza de destruir al Rey de Israel. Se 
aliviaron de su ansiedad al encontrar a Jesús pero no reconocieron el descuido de su 
deber; por el contrario, lo culparon a él, diciéndole: "Hijo, ¿por qué nos has hecho así? 
He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia". La respuesta respetuosa de 
Jesús, "¿Por qué me buscabais?" era una modesta censura a quienes habían descui- 
dado un deber importante por dedicarse a cosas sin importancia. IVIientras él cumplía la 
obra para la cual había venido, ellos habían descuidado la obra que se les había con- 
fiado. Aunque en ese momento sus padres no pudieron comprender plenamente sus 
palabras, María atesoró estas cosas en su corazón. 

Era natural para los padres de Jesús considerarlo como su propio hijo y tratarlo como 
los demás padres trataban a sus hijos; pero al hacerlo perdían la preciosa bendición de 
tener en su hogar cada día al Redentor del mundo. Su vida diaria era similar a la de los 
otros hogares y las actividades cotidianas de Jesús eran como las de los demás hijos; 
por eso era difícil para ellos recordar que él era el Hijo de Dios cuya divinidad estaba 
velada en la humanidad. Este incidente en Jerusalén fue permitido para recordarles su 
deber a fin de que no se tornaran indiferentes y perdieran de vista el gran privilegio que 
Dios les había conferido {Review and Herald, 31 de diciembre, 1872). 

"¿Por qué me buscabais?" Estas palabras, dichas con inocencia y respeto, implicaban 
un reproche para sus padres, quienes habían descuidado su deber por un día completo 
mientras él se dedicaba a los negocios de su Padre celestial. Jesús no reconoce en su 
actuación algún descuido, indiferencia, o falta de respeto hacia sus padres, porque es- 
taba cumpliendo la misión que el Cielo le había encomendado {The Youth's Instruc- 
tor, r de agosto, 1873). 



Lunes 12 de mayo 
¿Mostrar enojo? 

El propósito de Cristo al maldecir la higuera estéril era enseñar a sus discípulos una 
lección. Deseaba impresionarlos con la verdadera situación de Jerusalén su condena- 
ción final. Por eso invistió al árbol con cualidades morales y lo hizo exponente de la 
verdad divina. Poco antes Cristo había hecho su entrada triunfal en Jerusalén y había 
limpiado el templo por segunda vez, diciéndoles a los traficantes "Escrito está: IVIi casa, 
casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones". El tra- 
to deshonesto de los que vendían animales en los atrios del templo había hecho fulgu- 
rar la divinidad a través de la humanidad, y ningún traficante ni sacerdote, por más 
hermosa vestimenta que tuviera, se había animado a desafiar la orden dada por ese 
rostro fulgurante, todos habían huido rápidamente de los atrios del templo. Ahora, bajo 
el símbolo de la higuera estéril. Cristo presenta el derecho de Dios de manifestar su ira 
en la destrucción de Jerusalén. Ese árbol, mostrando su pretencioso follaje frente al 
mismo Jesús, era símbolo de la nación judía que, habiéndose separado de Dios, mos- 
traba su orgullo y apostasía en su falta de discernimiento y su rechazo del Redentor... 

Este extraño acto de Cristo al maldecir la higuera debe ser una advertencia para todas 
las iglesias cristianas. La higuera estéril continuará repitiendo su lección hasta el fin de 
la historia de esta tierra. Dios espera frutos de misericordia, compasión, abnegación y 
sacrificio por la humanidad, y celo y fervor por salvarla de la ruina y la incredulidad. Pe- 
ro la condición actual de las iglesias cristianas es muy similar a la del pueblo judío en 
los días de Cristo: higueras sin fruto, que transgreden su ley y su pacto. Y Cristo les di- 
ce como les dijo a los habitantes de Jerusalén: "He aquí vuestra casa os es dejada de- 
sierta" {Signs ofthe Times, 15 de febrero, 1899). 

La indignación de Cristo iba dirigida contra la hipocresía, los groseros pecados por los 
cuales los hombres destruían su alma, engañaban a la gente y deshonraban a Dios. En 
el raciocinio especioso y seductor de los sacerdotes y gobernantes, él discernió la obra 
de los agentes satánicos. Aguda y escudriñadora había sido su denuncia del pecado; 
pero no habló palabras de represalia. Sentía una santa ira contra el príncipe de las ti- 
nieblas; pero no manifestó irritación. Así también el cristiano que vive en armonía con 
[Dios, y posee los suaves atributos del amor y la misericordia, sentirá una justa indigna- 
ción contra el pecado; pero la pasión no lo incitará a vilipendiar a los que lo vilipendien. 
Aun al hacer frente a aquellos que, movidos por un poder infernal, sostienen la mentira, 
conservará en Cristo la serenidad y el dominio propio (Mente, carácter y personali- 
dad, tomo 2, p. 535). 



Martes 13 de mayo 

¿Destrucción de propiedades personales? 

Cristo... Permitió a los espíritus malignos que destruyesen la manada de cerdos, como 
censura contra aquellos judíos que, por amor al lucro, criaban esos animales inmundos. 
Si Cristo no hubiese contenido a los demonios, habrían precipitado al mar no sólo los 
cerdos sino también a los dueños y porqueros. La inmunidad de éstos fue tan sólo de- 
bida a la intervención misericordiosa de Jesús. Por otra parte, el suceso fue permitido 
para que los discípulos viesen el poder malévolo de Satanás sobre hombres y anima- 



les, pues quería que sus discípulos conociesen al enemigo al que iban a afrontar, para 
no fuesen engañados y vencidos por sus artificios. Quería, además, que el pueblo de 
aquella región viese que él, Jesús, tenía el poder de romper las ligaduras de Satanás y 
libertar a sus cautivos. Y aunque Jesús se alejó, los hombres tan milagrosamente liber- 
tados quedaron para proclamar la misericordia de su Bienhechor (El conflicto de los 
siglos, p. 569). 

Tan pronto como Jesús les mostró su deber, los endemoniados sanados comenzaron a 
cumplirlo. No sólo llevaron la luz de Cristo a sus propias familias y vecinos, sino que 
proclamaron su poder a través de toda la región de Decápolis, declarando a los gentiles 
la maravillosa obra que había hecho Cristo al expulsar los demonios. Aunque la gente 
de la región rechazó la visita del Salvador porque había destruido su propiedad, no fue 
dejada en tinieblas porque ellos no habían rechazado sus enseñanzas, siendo que no 
las habían oído. Por eso comisionó a los que antes habían sido intermediarios satáni- 
cos para que comunicaran la luz a ese pueblo en tinieblas. Aquellos que habían sido 
representantes del príncipe de las tinieblas, se habían convertido en siervos de Dios y 
canales de la verdad. 

Los pobladores de la región se maravillaron frente a semejantes noticias. Se interesa- 
ron en llegar a ser parte del reino que Jesús anunciaba. Nada podría haber despertado 
su interés como ese evento que ocurrió en su medio. Hasta entonces se habían pre- 
ocupado solamente por las ventajas del mundo y no por los intereses eternos. Pero 
Jesús, que se preocupaba más por su bienestar espiritual, autorizó a los demonios a 
destruir su propiedad, lo que produjo la indignación del pueblo, pero, al mismo tiempo, 
puso la obra benefactora de Jesús a la vista de todos. Aunque le rogaron que se fuese, 
vieron y escucharon a los hombres que habían sido sanados. Cuando aquellos que 
habían sido el terror de la comunidad se transformaron en mensajeros de la verdad y 
de la salvación en Cristo, ejercieron una poderosa influencia para que la gente creyera 
que Jesús era el Hijo de Dios (Folleto: Redemption: or the Miracles of Christ, the 
Mighty One, pp. 90, 91). 



Miércoles 14 de mayo 
¿Descuidar a los perseguidos? 

Jesús no se interpuso para librar a su siervo. Sabía que Juan soportaría la prueba, go- 
zosamente habría ido el Salvador a Juan, para alegrar la lobreguez de la mazmorra con 
su presencia. Pero no debía colocarse en las manos de sus enemigos, ni hacer peligrar 
su propia misión. Gustosamente habría librado a su siervo fiel. Pero por causa de los 
millares que en años ulteriores debían pasar de la cárcel a la muerte, Juan había de 
beber la copa del martirio. IVIientras los discípulos de Jesús languideciesen en solitarias 
celdas, o pereciesen por la espada, el potro o la hoguera, aparentemente abandonados 
de Dios y de los hombres, ¡qué apoyo iba a ser para su corazón el pensamiento de que 
Juan el Bautista, cuya fidelidad Cristo mismo había atestiguado, había experimentado 
algo similar! 

Se le permitió a Satanás abreviar la vida terrenal del mensajero de Dios; pero el des- 
tructor no podía alcanzar esa vida que "está escondida con Cristo en Dios". Se regocijó 
por haber causado pesar a Cristo; pero no había logrado vencer a Juan. La misma 



muerte le puso para siempre fuera del alcance de la tentación. En su guerra, Satanás 
estaba revelando su carácter. Puso de manifiesto, delante del universo que la presen- 
ciaba, su enemistad hacia Dios y el hombre. 

Aunque ninguna liberación milagrosa fue concedida a Juan, no fue abandonado. Siem- 
pre tuvo la compañía de los ángeles celestiales, que le hacían comprender las profec- 
ías concernientes a Cristo y las preciosas promesas de la Escritura. Éstas eran su 
sostén, como iban a ser el sostén del pueblo de Dios a través de los siglos venideros. A 
Juan el Bautista, como a aquellos que vinieron después de él, se aseguró: "He aquí, yo 
estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" {El Deseado de todas las 
gentes, p. 196). 

Solo en la celda, al ver a qué fin semejante al de su Maestro lo conducía su senda, 
Juan aceptó su destino: La comunión con Cristo en los padecimientos. Los mensajeros 
celestiales lo acompañaron hasta el sepulcro. Los seres del universo, caídos y no caí- 
dos, fueron testigos de la reivindicación de su servicio abnegado. 

Y en todas las generaciones que han surgido desde entonces, las almas dolientes han 
sido sostenidas por el testimonio de la vida de Juan. En la cárcel, en el cadalso, en la 
hoguera, los hombres y mujeres han sido fortalecidos a través de los siglos de tinieblas, 
por el recuerdo de aquel de quien Cristo declaró: "Entre los que nacen de mujer, no se 
ha levantado otro mayor" (La educación, pp. 157, 158). 



Jueves 15 de mayo 
Acompaña a los indeseables 

Los fariseos no querían considerar que Jesús comía con los publícanos y pecadores 
para llevar la luz del cielo a aquellos que moraban en tinieblas. No querían ver que ca- 
da palabra pronunciada por el divino IVIaestro era una simiente viva que iba a germinar 
y llevar fruto para gloria de Dios. No querían detenerse a pensar que cada acción de su 
vida estaba destinada a dejar una influencia eterna que nunca perdería su fuerza. Ya 
estaban determinados a no aceptar la luz que Cristo brindaba. Por eso el Señor se diri- 
gió a la gente común que lo aceptaba con gozo, cuyos corazones no se habían cerrado 
a la entrada de aquellas palabras que daban luz y entendimiento a los simples. Jesús 
había venido para ser el Salvador de todos: judíos y gentiles, ricos y pobres, libres y 
siervos. Se identificaba con la sufriente humanidad. Por eso, cuando lo acusaron de ser 
amigo de publícanos y pecadores, les respondió: "No he venido a llamar a justos, sino a 
pecadores, al arrepentimiento" (IVIateo 9:13) (Review and Herald, 18 de octubre, 
1892; parcialmente en. El Deseado de todas las gentes, p. 241). 

"Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfer- 
mos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores" (Marcos 2:1 7). 

Jamás maestro alguno honró de tal manera al hombre como lo hizo nuestro Señor. Se 
lo conoció como "amigo de publícanos y pecadores". Se mezclaba con todas las clases 
sociales para que pudieran participar de las bendiciones que venía a otorgar. Se lo en- 
contraba en la sinagoga y en el mercado. Participaba de la sociedad de los campesi- 



ido con su presencia los hogares de los que lo invitaban. Pero nunca se in- 
sinuaba para que lo hicieran. 

Se esmeraba en aliviar toda clase de miseria humana que se le sometiera con fe, pero 
no ejercía indiscriminadamente su poder sanador donde se manifestaba independencia 
de criterio y egoísta exclusividad, que podrían impedir dar expresión al pesar y solicitar 
la ayuda tan necesaria. Estaba dispuesto a aliviar a todos los que acudían a él con fe. 
El pesar huía ante su presencia; la injusticia y la opresión desaparecían frente a sus re- 
prensiones; y la muerte, la cruel despojadora de nuestra raza pecaminosa, obedecía 
sus mandatos. 

En toda época, desde que Cristo estuvo entre los hombres, ha habido quienes, aunque 
han profesado creer en su nombre, han manifestado una actitud exclusivista o una pre- 
eminencia farisaica. Pero jamás han sido una bendición para sus semejantes. No han 
encontrado excusa en la vida de Cristo para su fanatismo y su justicia propia, porque su 
carácter era abierto y benéfico. Hubiera sido excluido de todo orden monástico de la tie- 
rra, porque habría traspasado sus reglamentos. En toda la iglesia y en cada organiza- 
ción religiosa se pueden encontrar lunáticos que lo habrían acusado por su generosi- 
dad y misericordia... 

Aquellos a quienes Dios ha confiado su verdad deben ordenar de tal manera su rela- 
ción con el mundo como para asegurarse una paz tranquila y santificada, tanto para 
conseguir un conocimiento muy completo acerca de cómo enfrentar los prejuicios de 
los hombres donde éstos se manifiesten, y administrarles la verdad de Dios. Deberían 
tomar como modelo y como fuente de autoridad la inspiradora vida social de Cristo. 
Deberían cultivar el mismo espíritu benéfico que él manifestaba, y deberían trazar los 
mismos amplios planes de acción para encontrar a los hombres donde se hallen (Cada 
día con Dios, p. 249).